Artículo de Jesús Martínez Llamas, Evaluador EFQM y profesor del colegio Amor de Dios de Toro, Experto en innovación, metodologías y evaluación y profesor del Programa Avanzado en Liderazgo y Gestión de Centros Concertados CEU CyL.

La tecnología ha irrumpido con fuerza en todos los aspectos de nuestras vidas. El impacto que ha tenido el uso de los móviles, las redes sociales e Internet en la vida de las personas ha sido tal que podemos decir que el mundo de hoy es claramente diferente del que vivieron nuestros abuelos. El avance tecnológico ha impactado con fuerza en la industria, en la economía, en el turismo, en los medios de comunicación, en la sanidad… ¿y en la educación?

Paradójicamente, el sector que debería estar más al día de la innovación, el más especializado en el aprendizaje, ha sido uno de los menos permeables al cambio. Podemos echarle la culpa a la baja inversión en educación, pero hay toda una sucesión de experiencias fallidas que han hecho pensar a muchos que en educación se cambian cosas para que en realidad no cambie nada.

Muchas de las propuestas innovadoras que fueron surgiendo en el pasado, como el uso de retroproyectores, las aulas de informática, las pizarras digitales interactivas, los miniportátiles, encontraron profesores entusiastas, supusieron inversiones considerables, pero no dieron lugar a un cambio sistémico, no transformaron el concepto de educación ni acercaron las aulas a la realidad. Y dejaron un rastro de desconfianza que ha servido de justificación a muchos docentes que no tenían ganas de actualizarse.

Porque si tenemos un problema en las escuelas de hoy no es disponer de más o menos tecnología, sino la desconexión de lo que se hace dentro de las clases con lo que los niños ven y viven fuera de su centro educativo. Según decía recientemente Javier Tourón, profesor de la UNIR y experto en innovación educativa, “a no ser que haya una hecatombe, lo que está claro es que en el futuro no habrá menos tecnología que ahora”. Eso supone que mantener esta situación de desconexión entre la vida real y la vida educativa es hacer una educación no funcional, que no sirve para lo que está pensada, y mantener en un serio engaño a generaciones enteras.

Uno de los errores que se han cometido ha sido pensar que innovación es lo mismo que comprar tecnología. Por decisiones superiores se han llenado los colegios de pizarras digitales o de miniportátiles que sólo eran utilizados por unos pocos profesores. Además, muchas de estas tecnologías no servían para transformar la educación, sino para apoyar la misma forma de enseñar de hace siglos.

¿Para qué sirve la tecnología en el aula?

El mundo en el que viven nuestros alumnos está tecnificado, y por lo tanto el aula también tiene que estarlo si queremos que los conocimientos de la escuela se integren en la vida real de los alumnos. Un aula en la que el alumno no se encuentre solo en la red, y aprenda a utilizar Internet con seguridad y con educación. Un aula en la que no sólo consuma contenidos, sino que aprenda a crearlos. Un aula que le abra campos para la expresión creativa, como la edición web, la programación, el diseño 3D o la robótica.

Además, en la gestión de la información, no es lo mismo aportar información a los alumnos cuando el profesor y el libro son sus únicas fuentes, que aportarla en un mundo conectado en el que el acceso a cualquier respuesta puede ser inmediato. La memoria es muy importante, pero, además de tener memorizadas algunas respuestas, un alumno de hoy tiene que ser capaz de hacerse buenas preguntas.

Hoy se exige un cambio metodológico profundo. Muchos de los puestos de trabajo que hoy existen no se ofertarán cuando nuestros alumnos terminen sus estudios, y se encontrarán con ofertas profesionales que sencillamente aún no se conocen. La tecnología puede ayudar al alumno a trabajar su sentido crítico y su iniciativa de cara al futuro, a ver en los cambios oportunidades en lugar de problemas.

Muchas de las nuevas, y no tan nuevas, estrategias de aprendizaje y evaluación, en las que el alumno es el protagonista de su proceso, lo que llamamos pedagogías activas, pueden aportar mucho al respecto. Y las pedagogías activas tienen un apoyo inmenso en la tecnología.

La utilización de dispositivos por los alumnos, las herramientas en la nube, etc. hacen realidad enfoques de personalización del aprendizaje que hace años eran prácticamente imposibles, y permite expandir el aula más allá de sus paredes e interactuar de forma efectiva con el mundo que los rodea.

Está claro que no podemos planificar la tecnología de nuestras aulas si no hay un planteamiento metodológico previo. No podemos poner el carro delante del caballo, y confundir los medios con los fines. Por ello es recomendable que los líderes sean profesores, y no técnicos informáticos sin conocimientos de tecnología educativa.

La tecnología fuera del aula

Fuera del aula la tecnología también aporta valor a los colegios, comenzando por la gestión administrativa y académica, que es facilitada por las plataformas educativas. Estas herramientas propician una comunicación fluida con las familias de nuestros alumnos, pero sólo en el caso de que haya una intención clara de mantener esta comunicación.

También es importante cuidar cómo nos mostramos al exterior como centros. Nuestra presencia en la web y en las redes sociales. La técnica nos da grandes posibilidades, pero hay que tener una idea clara de la propuesta de comunicación que queremos desarrollar.

Un tema clave es el impacto de la tecnología en la comunicación entre docentes. No podemos seguir pregonando las virtudes del aprendizaje cooperativo mientras cada profesor se organiza la película independientemente. Los docentes tenemos que aprender a ponernos de acuerdo, trabajar en equipo, compartir materiales, ideas, consultas, reunirnos online… Y no sólo con los compañeros del centro, con cualquier otro docente del mundo, ¿por qué no?

¿Y qué hay que hacer?

Todos los centros tienen profesores que, con mayor o menor apoyo, en estos momentos están innovando. Pero de ahí a hacer una propuesta sistémica y coherente, que permita transformar al centro en una organización que aprende y con una estrategia nítida hay un buen trecho.

Para hacer realidad una implementación de la tecnología exitosa hay que tener en cuenta muchos factores simultáneamente. Por una parte el liderazgo; las personas que lideren deben estar convencidas del cambio y apoyarlo con su ejemplo a través de una estrategia sólida, y tienen que ser capaces de motivar a sus claustros en el esfuerzo del cambio. También es necesaria la formación en técnicas pedagógicas del profesorado, y en un segundo plano en el uso de la tecnología. Procesos de trabajo claros, recursos económicos y humanos que lo hagan posible, alianzas… entenderemos que el éxito va a depender sobre todo del equilibrio entre todos estos factores.

No tendrá éxito un proyecto que no esté bien presupuestado y financiado, ni aquel que cuente con recursos económicos pero un claustro poco motivado. Y los centros repletos de elementos técnicos en los que no ha habido un cambio metodológico no transformarán casi nada.

Equilibrio significa una planificación realista que respete los ritmos cumpliendo plazos, una acción global que consiga la transformación de los centros desde la transformación de las personas y la optimización de los recursos. Y para conseguirlo es recomendable disponer de alguna referencia que aúne todo, desde los agentes que se ponen en marcha hasta los resultados que se obtienen. Ese uno de los valores añadidos que nos puede aportar el modelo EFQM.

La mejor forma de predecir el futuro es crearlo. Y tenemos hoy la posibilidad de dibujarlo en nuestras aulas, con nuestros alumnos, con nuestros equipos docentes, y con la ayuda de una tecnología que nos aporta colores ilimitados. ¡No nos limitemos!

 

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