La reflexión que comparto hoy aquí sobre nuestros productos agroalimentarios la interioricé hace unos cuantos años. Surgió coincidiendo con un viaje de trabajo a Londres en septiembre de 1999. Compartía una de aquellas tardes un light lunch con Monika Linton en una terraza en la rivera del Támesis en el recién remozado barrio de South Bank. Monika había creado, diez años antes, una boutique de importación de productos agroalimentarios de alta gama española para el mercado británico. En aquella comida no dudó en afirmarme que los productos agroalimentarios españoles en general, y de Castilla y León en particular, tenían el potencial de alcanzar las mejores mesas del mundo. Sólo faltaba un ingrediente a tan ambiciosa formulación; que los propios españoles se creyesen que podría ser así y comenzasen a profesionalizar su comercialización y su marketing para conseguirlo. La parte más complicada de la ecuación, el producto, era algo que ya teníamos.

Nuestra gastronomía, y por ende nuestros productos agroalimentarios, con sus diferentes tipologías a lo largo de la geografía española, nadie duda en nuestro país que son –y si nos atenemos a los rankings de mejores restaurantes del planeta así nos lo confirman- de los mejores del mundo. ¿Por qué entonces, siendo excelentes, no ha tenido el éxito y reconocimiento exterior que sí han tenido gastronomías y productos como los franceses, italianos, japoneses? Dos pesadísimos lastres, entre otros, hemos arrastrados a la hora de proyectarnos fuera.

El primero, e inherente a nuestra propia imagen de marca país, ha sido fruto de ese cambio de estereotipos que, en la década de los 50 del pasado siglo, España proyectó al exterior a modo de corregir y contrarrestar la Leyenda Negra fabricada entorno a nuestro país y que habíamos sufrido desde dos siglos antes. La imagen entonces creada de España como país de sol, fiesta y alegría, nos ha funcionado, y de qué manera, a la hora de la atracción de una fuente tan preciada de ingresos como son los millones de turistas que nos visitan cada año. Pero, en el reverso de esta historia, y como un inevitable daño colateral, ha dejado el poso de España como un país que exportando sol, fiesta y siesta, es incapaz, en el imaginario de muchos ciudadanos de otros países, de producir y exportar algo tan serio como son los productos de alta gama.

Sumado a esto, tampoco ha ayudado que la primera oleada de restaurantes españoles que se aperturaron en el mundo a partir de los años 60 del pasado siglo, viniese de la mano de una esforzada emigración española que, con todo el derecho a abrirse camino en países tan distintos y en situaciones personales tan complicadas, adoptaron la gastronomía española como algo fácil y recurrente que respondía al tópico de lo que el ciudadano de su país de acogida – turistas que habían visitado nuestro país en la versión de playas y chiringuitos- demandaban; jamón, tortilla de patatas y fritura. Esto, fruto de la natural cadena de transmisión que se produce en estos casos, hizo que las primeras exportaciones agroalimentarias hacia esos países fuesen de un producto de calidad y precio muy bajos, creando, sin tal vez ser conscientes del daño futuro, la primera Marca España Gastronómica con el pecado original de ser una de las de peor calidad del mundo.

Por aquello de que muchas veces la justicia poética también funciona en el mundo real y empresarial, España, Castilla y León y sus gastronomías, desde hace veinte años, y gracias al trabajo de coordinación de restauradores, productores y Administración Pública, han escalando, sin lograr cima aún pero con muchos visos de algún día hacerlo, al puesto que les corresponde. Y lo han logrado gracias a la profesionalización de los cuadros de exportación en las empresas, a haber roto con el muro que significa el posicionamiento de un precio alto a un producto de calidad dentro de los mercados de destino, y a la definición de una estrategia de segmentación de marketing en referencia al producto que empieza a dar sus frutos.

Castilla y León, y sus diferentes sellos de calidad, han ayudado a que nuestros productos sean cada vez más apreciados en todo el mundo y tengan la consideración que sin duda merecen. Nuestra tierra debe ahora no malograr esta consecución y continuar estructurando su expansión internacional partiendo de un posicionamiento elevado para, desde ahí, consolidar productos en todos los segmentos de precio. Insistir en los controles de calidad que aportan los diferentes sellos y denominaciones de origen, formar profesionales cualificados, a través de sus fabulosas universidades y escuelas de negocio, en las herramientas que demanda un mundo globalizado, y apoyar en esta maravillosa aventura a los protagonistas de esta historia; los esforzados empresarios. Éstos, en el loable fin de la búsqueda de su beneficio empresarial, tienen un sinfín de oportunidades ahí fuera que desahoguen sus balances, les hagan apostar por un mayor I+d+i y nuevos canales de comercialización, y pongan en valor la extraordinaria labor que han realizado durante muchos años. Haciendo nuestra la frase de Friedrich Hayek, ese beneficio será la señal que nos indique lo que tenemos que hacer para servir a la gente que no conocemos.

Cierro el círculo de esta reflexión también en Inglaterra. El pasado verano, durante el Festival de Ópera de Glyndebourne, que pasa por ser uno de las citas de mayor raigambre en la alta sociedad inglesa, observé con alegría como uno de los restaurantes que rodeaban sus maravillosas praderas y el que más afluencia había concitado en el descanso de la ópera, tenía el sugerente nombre de Tapas Bar (deshacerse de los nombres típicos nos va a llevar un poco más de tiempo). Al acercarme comprobé que el lugar, amadrinado por aquella misma Monika Linton con la que había almorzado años antes, era un fascinante expositor de lo mejor que da nuestra tierra y además puesto en escena de la mejor forma posible: ibéricos de Salamanca, quesos zamoranos y vallisoletanos, morcilla de Burgos y cecina y chorizo de León maridaban con vinos de todas nuestras denominaciones de origen para el solaz de los allí presentes. Pensé en aquella conversación de años atrás y de que Monika, que en la actualidad pasa por ser uno de los mejores referentes gastronómicos en todo el Reino Unido, simplemente había tenido fe en ella y de paso también en nosotros.

Isak Dinesen escribió: “haz las cosas que puedas ver, ellas te mostrarán las que no puedes ver”. No se me ocurre mejor final para lo que sólo ha de ser un fenomenal principio.

Gonzalo Redondo de Cardeña, Responsable de Desarrollo de Negocio Internacional de la FUSP-CEU

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